Un mundo feliz



"- La población óptima está sobre un modelo de Iceberg: ocho de nueve partes debajo de la línea de flotación, y una de nueve partes por encima.
- ¿Y ellos son felices debajo de la línea de flotación, en detrimento de este horrible trabajo?
- Ellos no lo encuentran como tal. Al contrario, les gusta. Es ligero, y es de una simplicidad infantil. Sin esfuerzo excesivo ni de espíritu ni muscular. Siete horas y media de un trabajo ligero, nada cansador, y enseguida la ración de soma, deportes, copulación sin restricción, y el Cine Sentido. ¿Qué más podrían ellos pedir?"

"- Pero yo no quiero la comodidad. Yo quiero a Dios, quiero la poesía, quiero el verdadero riesgo, quiero la libertad, quiero la bondad. Quiero el pecado." 


ALDOUS HUXLEY.- UN MUNDO FELIZ (1932)

El 26 de julio de 1894 nacía en Godalming (Inglaterra) Aldous Leonard Huxley, uno de esos escritores difícilmente catalogables pese a que las apariencias puedan indicar lo contrario. De hecho, Huxley practicó a menudo el género del ensayo -hay quien considera que sus novelas son eso, ensayos narrados- y recuerdo que en mi juventud lo estudiábamos no sólo en Literatura sino también en Filosofía.

Su enorme bagaje cultural le venía de familia (que además le hizo estudiar en Eton), mientras que la actitud vital, más bien pesimista, probablemente derivaba tanto del suicidio de su hermanastro como de la ceguera que sufrió desde muy joven y de la que se recuperó parcialmente, tras un largo proceso de rehabilitación -de todas formas había aprendido Braille-. Esta afección, sin embargo, no le impidió licenciarse en Literatura Inglesa y trabajar inicialmente como profesor y crítico teatral mientras iba publicando libros de poesía. Luego, en la década de los veinte, se fue decantando por la prosa.

Tras casarse con Marie Nys se convirtió en un viajero incansable, visitando Europa (España incluida), EEUU, América Central, Túnez, y el sudeste asiático, y estableciéndose en Italia ya con dos novelas en su currículum que criticaban sin piedad el esnobismo de la clase intelectual de la época. Pero en 1932, trasladado a Francia, llegó su obra maestra, la que le dio fama y por la que se le conoce aún hoy: Un mundo feliz (Brave new world).

Se trata de una fábula futurista en la que describe una sociedad estrictamente jerarquizada, no por el nivel económico de sus ciudadanos sino por su predeterminación genética, y en la que el uso de una droga llamada soma permite mantener el orden creando una ilusión de felicidad social. Se adaptó como serie de TV en los años setenta y aquí tuvo cierto éxito.

La siguiente fase de la obra literaria del autor, coincidiendo con su establecimiento definitivo en EEUU, fue el ensayo, con predominio de la temática religiosa, seguida inmediatamente, ya en la segunda mitad de la década de los cincuenta, de un interés especial por las drogas: fascinado por la capacidad experimental de la mescalina y el LSD, Huxley abrió el camino de lo que poco después fue una moda, la psicodelia, y lo plasmó en un libro cuyo título originó una expresión que se hizo muy popular, Las puertas de la percepción.

También escribió guiones para el cine y se vio influenciado por la ‘caza de brujas’ del senador McCarthy, algo que plasmó metafóricamente en otra de sus obras más conocidas, Los demonios de Loudun, basado en un acontecimiento histórico en esa localidad gala durante el siglo XVII: la histeria colectiva en un convento considerada entonces posesión demoníaca.

Huxley retomaría de nuevo su afición a viajar en un periplo por el África mediterránea que sirvió de despedida de su mujer, devorada por el cáncer. También él sufrió la enfermedad, falleciendo el mismo día del asesinato de Kennedy (23 de noviembre de 1963). Su última gran creación fue, en cierto modo, una revisión de Un mundo feliz, una novela en la que estuvo trabajando 5 años y cuyo manuscrito se salvó milagrosamente del incendio que destruyó la casa que tenía en Hollywood: La isla.


Henry Miller


"Si a los ochenta años no estás ni tullido ni inválido y gozas de buena salud, si todavía disfrutas una buena caminata y una comida sabrosa (con todo y acompañamientos), si duermes sin pastillas, si las aves y las flores, las montañas y el mar te siguen inspirando eres de lo más afortunado y deberías arrodillarte en la mañana y en la noche para darle gracias al Señor por mantenerte en forma. En cambio si eres joven pero ya tienes cansado el espíritu y estás a punto de convertirte en autómata, sería bueno que te atrevas a decir de tu jefe —en silencio, claro— “¡Al carajo con ese fulano, no es mi dueño!”. Si no te has quedado culiatornillado y si te sigue emocionando un buen trasero o un magnífico par de tetas, si todavía puedes enamorarte las veces que sea y si perdonas a tus padres por el delito de haberte traído al mundo, si te hace feliz no llegar a ningún lado y vivir al día, si puedes olvidar y perdonar y evitar volverte amargado, cascarrabias, resentido y cínico, hombre, ya vas ganando. 
Lo que importa son las cosas pequeñas, no la fama ni el éxito o el dinero. La cima es muy estrecha, pero abajo hay muchos como tú que no se estorban ni se molestan. Ni por un instante se te ocurra que los genios viven felices; todo lo contrario, dan gracias por ser del montón."

HENRY MILLER (1891-1980) - EEUU
Fragmento de "Al cumplir ochenta años" 

Henry Valentine Miller (Nueva York, 26 de diciembre de 1891 - Los Ángeles, California, 7 de junio de 1980), novelista estadounidense. Su obra se compone de novelas semiautobiográficas, en las que el tono crudo, sensual y sin tapujos suscitó una serie de controversias en el seno de un Estados Unidos puritano que Miller quiso estigmatizar denunciando la hipocresía moral de la sociedad norteamericana, criticando de paso el devenir de la existencia humana, desnudando su cinismo y múltiples contradicciones. Censurado por su estilo y contenido provocativo y rebelde en relación a la creación literaria de su época, sus obras influyeron notablemente en la llamada Generación Beat. Entre sus libros más destacados se encuentran: Trópico de Cáncer, Trópico de Capricornio, Sexus, Plexus, Nexus y El Coloso Marussi.

Haikus


Forma de poesía tradicional japonesa consistente en un poema breve, generalmente formado por tres versos, de cinco, siete y cinco moras respectivamente. Comúnmente se sustituyen las moras por sílabas cuando se traducen o componen en otras lenguas. La poética del haiku generalmente se basa en el asombro y el arrobo que produce en el poeta la contemplación de la naturaleza.




Haikus




Escribo, borro, reescribo,
Borro otra vez, y entonces
Florece una amapola.
(Hokushi)

Colinas secas:
Las nubes no traen agua,
Sino fantasmas
(Li Bo)

Hoy debe de ser
El día de mi nacimiento allí,
En el paraíso
(Joseki)

Desde el principio de los tiempos
Solo los muertos conocen la paz:
La vida no es sino nieve que se deshace
(Naudai)

Haikus contemporaneos:

Sombra de luna,
tras la maleza
un grillo canta bajito.

Gota a gota 
llega el desprendimiento:
rebosa el vaso!.

Con la rutina
rellenan sus agendas
los solitarios.

La lentitud 
implica degustar
cada milímetro.






La oveja negra



En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura. 

La muerte es cultura.

Augusto Monterroso (1921-2003) - Honduras
La oveja negra (Microrelato)

Preambulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj



Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan –no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj. 

Julio Cortazar.

Imagen: La persistencia de la memoria (relojes blandos) Salvador Dalí

El beso, Alfred Eisenstaed



 

El nombre de Edith Shain no nos dice nada, pero el eufórico beso que le dio un anónimo soldado de la Marina de EE UU en Times Square para celebrar el final de la II Guerra Mundial la ha convertido en uno de los grandes iconos de la fotografía y en la protagonista del más famoso de los besos famosos.

La fotografía en blanco y negro del día de la victoria, en la que Shain está vestida con su uniforme de enfermera, la tomó Alfred Eisenstaedt y se publicó en portada de la revista Life. En contra de lo que pueda parecer por lo apasionado del gesto, los protagonistas de la foto no eran pareja. “El muchacho me agarró y yo cerré los ojos. Le dejé besarme, porque había estado en la guerra, luchando por todos nosotros, y me sentí feliz de hacerlo. Después me dejó sola y me marché”, contó en numerosas ocasiones Shain. “La gente me dice que cuando yo esté en el paraíso, ellos van a recordar esta foto”, comentó por su parte Eisenstaedt, muerto en 1995.

La identidad de la mujer no se conoció hasta finales de los años setenta, cuando la propia Shain escribió al fotógrafo para decirle que ella era la protagonista del momento épico que Eisenstaedt capturó el 14 de agosto de 1945. La mujer tenía 27 años y trabajaba por aquel entonces en el Doctor’s Hospital de Nueva York. Sin embargo, la identidad de él sigue siendo un disputado misterio. Ese día, conocido como V-J Day (Victory over Japon Day), Japón se rindió a las tropas aliadas, acto que puso fin al conflicto más sangriento de la historia universal. Se anunció en el letrero luminoso del Times y, en un estallido de júbilo, la gente eufórica se tiró a las calles a celebrarlo y Eisenstaedt pudo capturar este momento, convertido en sinónimo de la felicidad y de la espontaneidad.


El beso, Victor Jorgensen, 1945.

Una curiosidad: el teniente Victor Jorgensen, fotógrafo de la Armada estadounidense, captó exactamente la misma escena desde otro ángulo, con un encuadre ligeramente distinto, y su fotografía fue publicada pocos días después en elNew York Times. En esta foto no se ve el pie en alto de la enfermera, símbolo del primer beso. Eisenstaedt fue acusado en numerosas ocasiones de haber trucado y preparado la imagen, pero él siempre lo negó, una versión corroborada por la enfermera. Según el fotógrafo, se dedicó a seguir por la calle a un fogoso marinero que iba besando a toda mujer que se lo permitía. A partir de que se revelada su identidad, Shain participó en numerosos acontecimientos relacionados con la efeméride, como desfiles, ofrendas florales y memoriales en recuerdo de los caídos. (…)

Todavía sigue sin identificar el soldado que protagonizó el beso y aún hay varios veteranos soldados de la Marina, hoy octogenarios, que dicen ser el hombre que agarró por la cintura a una desconocida para besarla. (…)


Edith Shain nació en Tarrytown, New York el 19 de julio de 1918 y murió 20 de junio del 2010 luego de una larga batalla contra el cáncer de hígado, un mes antes de cumplir los 92 años.


 



El beso, Robert Doisneau


Nos besamos a cielo abierto. La ciudad se paraliza y nos observa. Las nubes detenidas, los edificios expectantes, la actividad suspendida, el bullicio silenciado. Juntamos las bocas y bajo nuestros pies las calles se calientan lentamente, excitadas por el ritmo de nuestras cadenciosas palpitaciones...

Fotografía: Robert Doisneau.



Nunca he sabido si la sensación que eleva el corazón y envuelve en un calor absolutamente confortante, es decir, la sensación que provoca un primer beso, es fruto de la tradición social o si realmente el ser humano ha encontrado el gesto perfecto para expresar el deseo por otra persona.
Desde luego hay motivos que nos sugieren ambas cosas. Ya que en algunas culturas no se besan, sino que utilizan otros rituales románticos. Pero también se sabe que cualquier asunto de amor, sin un beso, queda incompleto y vacío. No importa si la gracia del lenguaje sorprende y embelesa con sus más exquisitas palabras, no importa si se realiza el más grande de los actos románticos. Pues una vez más, sin el beso, solo falta un gesto que consigue que todos los demás sobren.

Tal vez el poder y la belleza del beso tengan algo que ver con que, de alguna manera, estamos silenciando y dejando que nos silencien cuando juntamos los labios, los labios que articulan las palabras, las palabras que bien escogidas componen el lenguaje del amor. Los labios, con todo ese potencial, son acallados en un acto de fe, al confiar ciegamente en que el beso, casi en silencio, conseguirá con sencilla y despreocupada precisión decir lo que las palabras, por jugar estas con el sentido del oído, no pueden abarcar.